Publicado el Sábado 5 de Mayo de 2007
Glamour.
Últimamente me han venido a la cabeza algunas de las cosas que he hecho en mi vida plenamente consciente de lo bien que iban a sonar después, cuando tuviera a alguien a quien contárselas.
Naturalmente, me refiero a experiencias que en el momento en que las estás viviendo, tampoco son para tanto. Que exigen esfuerzo, que a veces son hasta incómodas. O que no te aportan una satisfación “inmediata” directamente proporcional a lo que cuestan.
Como cuando nos hicimos siete horas de coche para cruzar la frontera de Méjico, y por el camino nos paró un policía en la autopista (con sus gafas de poli norteamericano, su uniforme y su coche) y nos dijo aquello de “jovencitas, ¿hace falta que les diga a qué velocidad iban?”.
O cuando me pegué dieciséis horas de avión en menos de dos días sólo para cenar una noche en Milán con Fanswhave (a ver, matizo: me habría hecho el doble para cenar con él… pero no nos desviemos del tema).
O cuando estuvimos en la Feria de Abril con una (famosa) actriz porno.
Lo reconozco: soy peliculera. Pero… ¿quién no?



