Publicado el Lunes 4 de Junio de 2007
Jugar limpio.
Hoy me apetece hablar (y hacer apología absoluta) de la Trampa. No de la “mala’, que quita todo interés al juego y mata el espíritu lúdico, sino de la trampa bien hecha, la que se convierte en un juego por sí misma.
Hay jugadores tramposos cuyo único objetivo es ganar a toda costa. Son los que, en el momento en que más les conviene, se acogen a esa regla raspadita que nadie ha usado en toda la partida hasta ese momento. Los que “siempre” se han contado 12 en el parchís. Los que no llegan más allá de repartirse un par de billetes extra en el Monopoly o de barajar a su conveniencia las cartas en el Cinquillo. El mal tramposo sabe que va a ganar, pero lo único que consigue es desproveer al juego de toda emoción. No disfruta con su trampa, y por más que se diga a sí mismo lo contrario, siempre va a haber una pequeña espinita de remordimiento que le evitará vanagloriarse por completo de su victoria. Por otro lado, suele darse el caso de que los malos tramposos son, curiosamente, malos perdedores.
Pero una trampa bien hecha es puro ingenio, un divertimento. Es épica, un reto, una gesta que se convierte en un fin en sí misma. El buen tramposo es aquél que se olvida incluso de ganar el juego, el que a veces hasta sacrifica su propia victoria por algo que sabe que va a trascender mucho más allá de esa partida concreta y de esa reunión de amigos. Una buena trampa debe ser bien acogida, celebrada, incluso: gracias a ella el juego nunca llega a ser algo rutinario porque nadie, ni siquiera el propio tramposo, sabe lo que va a pasar. El purista de la trampa, por otro lado, no querrá pasar desapercibido. Sufrirá más que nadie hasta conseguir llevar a cabo su plan, pero en el fondo está deseando ser descubierto y que sus proezas salgan a la luz. La culminación de todos sus esfuerzos no llegará con la victoria, sino con la reacción de asombro, perplejidad o incomprensión de los demás cuando lo confiese todo.
Hay trampas célebres en mi memoria que jamás se borrarán, no importa el tiempo que pase. Como cuando T. cogió tranquilamente las cartas ocultas del Cluedo delante de TODOS los jugadores, las sacó, las leyó, las volvió a dejar en su sitio y NADIE se dio cuenta. O cuando, dirigiendo una partida de asesino, eliminé la carta del malo y dejé que todos los jugadores se acusaran entre ellos, desesperados por encontrar a un culpable que no existía (me moría por ver la cara que pondrían los dos últimos). También guardo buenos recuerdos de los pactos diplomáticos en el Risk, o de aquella vez que A. y J. pusieron en práctica el impuesto revolucionario en Los Descubridores de Catán.
Supongo que podría resumir todo lo que he escrito hasta ahora en un par de frases: Hay quien juegar para ganar. Yo juego, SIEMPRE, por jugar.
