Que no me aceptan en el equipo de baloncesto, dicen, porque soy un árbol.

No acabo de comprenderlo. Tengo buena puntería, siempre juego limpio, soy el que corre más rápido y el que salta más alto.

¿Qué tiene de malo si, además, doy unas cerezas riquísimas?

Me abandoné en la gasolinera, cuando andaba distraído comprando un helado. Al principio creí que se trataba de una broma, pero lo cierto es que no tengo la más mínima intención de volver a por mí. Me pregunto cómo reaccionaré cuando lo comprenda, y mientras tanto sigo aquí, sentado, disfrutando del sol y de mi helado.

Toman café como si acabaran de conocerse. Intercambian memorias y cumplidos. Ella se prueba un vestido atrevido. Él le regala algo totalmente superfluo. Compran todo aquello que no se pueden permitir. Pasean de la mano. Espían en los probadores. Comparten un helado. Hacen el amor en el lavabo de señoras y luego entran en el cine.

Justo antes de cerrar, devuelven todas las extravagancias que han comprado y se van a casa con las manos vacías y la cabeza llena de recuerdos.

De noche, fingen que no son más que un matrimonio aburrido. Él con su periódico, ella con su libro. Buenas noches, cariño. Buenas noches. Clic. A oscuras, ambos cuentan en silencio las horas que faltan para volver a encontrarse en una cafetería cualquiera de algún centro comercial.