Mire usted, aquí se lo traigo bien embaladito y con su envoltorio original. No niego que la mayoría de las cosas salen bien. La cómoda, el perchero, el armario, la ventana… Pero tiene que haber algo malo en este espejo. No puedo ser tan feo.

A él debió parecerle muy divertido eso de venir disfrazado de tirolesa el día de nuestra boda, aunque a mí no me hizo ninguna gracia. Lo perdoné porque éramos jóvenes, alocados y nos queríamos mucho. Ahora le escondo la dentadura postiza todos los fines de semana y las fiestas de guardar. Qué le voy a hacer, rencorosilla que es una.

Todo autor de microrrelatos tiene algún “metacuento”, es decir, uno que habla de escritores escribiendo, o de cuentos que dejan de serlo, o de Literatura con mayúscula. Con guiños chispeantes (permítanme remarcarles mi ironía) que sólo otros como ellos serán capaces de captar, y que dejarán absolutamente indiferente al resto de los lectores. En resumen, cuentos pedantes dirigidos a una minoría pedante.

Como hay muchos de estos cuentos, y (reconozcámoslo) el tema tampoco da para tanto, van perdiendo originalidad a medida que se reescriben. Por lo general carecen de interés, de acción y de un final sorpresivo más allá del escritor que se escribe a sí mismo. Plas, plas, plas (esta vez habrán notado por sí solos lo forzado de mi aplauso).

Todo esto es lo que yo le digo, entre patadas, al que escribe los cuentos por mí. Le dejo muy claro que si no quiere que vuelva a orinarme en su comida o a tener que alimentarse de cucarachas durante otra semana, este texto tiene que ser mucho mejor que los de los demás. Él me asegura que hará todo lo que pueda y, mientras, piensa para sí que ésta es su oportunidad para pedir ayuda (sabe que me he vuelto tan descuidada que hace tiempo que ni siquiera leo lo que me da para publicar). Luego salgo de allí ligeramente contrariada, como siempre, por la pestilencia de la mazmorra asquerosa en la que vive.