Cuentos mínimos. La bitácora de Idgie W. Mcgregor.

Lo bueno, si breve… dos veces breve.

Entradas publicadas en Septiembre de 2007


Publicado el Martes 18 de Septiembre de 2007

La carga.

Tercer cuento de septiembre en Libro de Notas.

La carga

Ella lleva siempre consigo esa lista en la que va anotando todas las cosas malas que tú le has hecho, y también todas las cosas buenas que, a pesar de todo, te ha hecho ella a ti. Cuando habla, cuando discutís, siempre lo hace con la lista en la mano, y tú siempre terminas dándole la razón. A veces eso no te hace sentir bien del todo, y entonces decides ser amable, portarte bien con ella durante un tiempo. Crees que así conseguirás reducir un poco esa lista infinita que te ha tocado llevar sobre tu alma. Y ella la saca, y hace como que cambia algo, pero en realidad sólo ha borrado una a y puede que un par de eles.

Publicado el Lunes 17 de Septiembre de 2007

Bodegón.

Segundo cuento de septiembre en Libro de Notas.

Bodegón

Restos de una pizza congelada (jamón y pepperoni). Bolsas de patatas fritas vacías. Cuatro latas de cerveza. Platos de plástico, servilletas de papel arrugadas. Un cenicero repleto de colillas y dos paquetes de tabaco de marcas distintas. Todo ello encima de una mesa de pino viejo cubierta por un mantelito de croché.

Publicado el Domingo 16 de Septiembre de 2007

El grito.

Primer cuento de septiembre en Libro de Notas.

El grito (u “Otra mujer en San Sebastián”)

No sale de su garganta. Viene de sus párpados, de sus oídos, de su pecho, de su barriga, de la lengua que tantas veces ha tocado esa otra lengua, de las puntas de los dedos que recorrieron ese otro cuerpo, de cada poro de su piel que antes recibía esa otra piel.

La mujer de mi cuento sigue gritando. Grita y no sabe el qué, ni a quién. No hay nada ni nadie en el mundo que explique un grito así. Pero ella grita, grita sin parar, y lo único que sabe es que no puede dejar de hacerlo.

Que, quizá, nunca lo haga.

Nota: Este cuento no es ni original ni especialmente bueno, pero era lo que necesitaba para completar la trilogía de este mes. No quería meter algo banal junto a los otros dos. Aunque no me di cuenta hasta haberlo casi terminado, es una copia más bien regulera de un precioso cuento de Fanshawe que podéis encontrar aquí, de ahí el subtítulo. No se lo pierdan, háganme el favor.

Publicado el Lunes 10 de Septiembre de 2007

La montaña.

“La montaña”, de Enrique Anderson Imbert, es uno de mis microrrelatos favoritos. Dice así:

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Hoy me he acordado de él y me han entrado ganas de darle la vuelta. Voy a intentarlo, a ver qué sale:

El alpinista, agotado por el esfuerzo, contempla el paisaje infinito desde lo más alto de la montaña. En un descuido imperdonable, su pie derecho resbala y comienza a caer hacia abajo sin control. Todo ha sucedido demasiado deprisa para que los demás puedan ayudarlo. Mientras cae, se pone triste, muy triste. No por lo que está a punto de sucederle, sino por todas las personas que deja atrás, y por todas las cosas pendientes para las que aún no ha tenido tiempo. Piensa en Pamela, su mujer; en sus amigos; en Kathy, su primera novia. Y, justo al final, se acuerda del olor a leña del patio de sus abuelos, y ve a su madre que se acerca para ofrecerle un bizcocho recién hecho, y a su padre que lo sostiene con brazos firmes para bajarlo de sus hombros, porque ya está bien de juegos que es la hora de merendar.

Publicado el Martes 4 de Septiembre de 2007

Backstage.

Por favor, léanme este (humilde) cuento.

La frustración de un pintor

El gran artista Nicolai Petrovski se echó a llorar como un niño al comprobar que el cuadro que acababa de pintar era una falsificación. Y bastante torpe, por cierto. Hasta un ciego se daría cuenta de que aquello no era un auténtico Petrovski.

Es posible que no sea gran cosa (vaya, a mí me gusta), pero el caso es que con él recibí un accésit pequeñito hace unos meses del que estoy más que orgullosa. A lo que voy: el relato es lo que es. Déjenme contar… 48 palabras con título incluidoy  sin demasiadas pretensiones, que en su día garabateé en un post-it de la oficina. ¿Hay algo que les llame la atención? ¿Que les eche especialmente para atrás? ¿Algún detalle que pudiese cambiarse para mejorar radicalmente la calidad? ¿Que me habría podido costar el Nobel de Literatura?

Por lo visto, al jurado sí que se lo pareció. Días antes de la publicación del fallo oficial, recibí una llamada secreta con un consejo: cambie usted la expresión “llorar como un niño”. Que es una frase hecha, que está muy vista. Ponga un “con desconsuelo”, o un “desconsoladamente”. El jurado tendrá en cuenta su gesto.

Me vinieron a la cabeza bastantes réplicas. Sí, en mis cuentos hay muchas frases hechas que uso adrede, entre otras cosas, por su calidad de frases hechas (obvio). Siempre intento ser lo más concisa y sencilla posible. Me gustan las expresiones simples. Trato de huir de las palabras rimbombantes (”desconsuelo… puaj”). Y si hay algo que puedo odiar como pocas cosas es meter una palabra que sea casi más larga ella sola que el resto del cuento (”desconsoladamente”… puaj, puaj).

En fin, que no soy ninguna heroína. Lo cambié, por supuesto, que al fin y al cabo pagaban ellos. Y ni esto es una denuncia, ni les guardo rencor, ni me lo tomo con otra cosa que no sea con sentido del humor. Pero ¿soy la única que piensa que todo esto resultó bastante… tonto?

Publicado el Martes 4 de Septiembre de 2007

Gracias.

A todos los que se han tomado la molestia de contestar a la entrada anterior. Sé que no deja de ser un post como cualquier otro… pero lo escribí en unas circunstancias personales especiales, y quizá por eso me ha causado más alegría de lo normal.

Lo dicho: gracias a todos.

:)

Publicado el Sábado 1 de Septiembre de 2007

Día del blog.

Aprovecho para poner palabras a algo que me ronda en la cabeza últimamente: es cierto que me encanta el mundo del blog como oportunidad para leer y conocer a personas con las que de otra manera no me habría cruzado nunca. Creo que podría englobar todos los blogs que leo (cada vez son más) en tres grupos que no se excluyen necesariamente: gente que me hace pensar, que cuenta buenas historias (divertidas, entretenidas, o sencillamente bien escritas), y blogs en los que me enseñan cosas que no sé.

Ahora bien, cada vez más tengo la sensación de que un blog es un escaparate de una tienda en la que, en el fondo, no vas a llegar a entrar nunca. Si te gusta, pasas más veces por delante, o le dices a la gente cómo llegar allí, pero poco más.

A veces me entran ganas de llamar a una de esas puertas y ponerme a charlar con alguien a quien no conozco de nada. Porque me parece interesante, ingenioso, divertido. En fin, por lo que sea; me apetece sin más. No hablo de un simple comentario, que no deja de estar sometido a un post o tema concreto, sino a conocer a esa persona, y a hablar de cualquier cosa.

De algún modo siento que aquí, como en la realidad, también existen unas reglas de comportamiento no escritas. También hay una burbuja personal que se respeta tácitamente, un hielo que tarda en romperse del todo. Ponemos mucho de nosotros mismos en nuestros escaparates, hay quien los llama “sus casas”. Nos encantan que nos visiten, y, sin embargo, a menudo cuando entramos sólo encontramos los muebles, no a la persona que hay detrás. Colarte en determinados blogs para dar una opinión más allá del políticamente correcto “hola, pasaba por aquí, me gusta tu página” parece casi una intromisión. Como si hubiera que seguir unos pasos de aproximación previos. Vaya, como quien tiene por norma no hablar con desconocidos, o no irse a la cama nunca en la primera cita.

Algo me dice, sin embargo, que todo esto no es más que una cuestión de contextos. Ligar con una chica en la barra de un bar está bien. Si en un autobús invitas a alguien a tomar café eres raro, estás desesperado, como una chota, o eres un maníaco sexual. De la misma manera, el Messenger, o cualquier chat de IRC fomentan el intercambio, la confidencia, intimar en apenas media hora con alguien que no conocías de nada. Pero el blog, aun con sus comentarios abiertos, y sus emails de contactos, son lugares estáticos. Santuarios que no profanamos por apatía, pereza o, en el peor de los casos, por timidez.

Me pregunto: ¿Es lo que queremos? ¿No hacemos esto, precisamente, porque buscamos compartir un trocito de nosotros con los demás? Y sobre todo: ¿Tiene sentido algo de lo que he dicho?

(PD: Por favor, no me pasen de largo por este post…)