Ella lleva siempre consigo esa lista en la que va anotando todas las cosas malas que tú le has hecho, y también todas las cosas buenas que, a pesar de todo, te ha hecho ella a ti. Cuando habla, cuando discutís, siempre lo hace con la lista en la mano, y tú siempre terminas dándole la razón. A veces eso no te hace sentir bien del todo, y entonces decides ser amable, portarte bien con ella durante un tiempo. Crees que así conseguirás reducir un poco esa lista infinita que te ha tocado llevar sobre tu alma. Y ella la saca, y hace como que cambia algo, pero en realidad sólo ha borrado una a y puede que un par de eles.

Restos de una pizza congelada (jamón y pepperoni). Bolsas de patatas fritas vacías. Cuatro latas de cerveza. Platos de plástico, servilletas de papel arrugadas. Un cenicero repleto de colillas y dos paquetes de tabaco de marcas distintas. Todo ello encima de una mesa de pino viejo cubierta por un mantelito de croché.

No sale de su garganta. Viene de sus párpados, de sus oídos, de su pecho, de su barriga, de la lengua que tantas veces ha tocado esa otra lengua, de las puntas de los dedos que recorrieron ese otro cuerpo, de cada poro de su piel que antes recibía esa otra piel.

La mujer de mi cuento sigue gritando. Grita y no sabe el qué, ni a quién. No hay nada ni nadie en el mundo que explique un grito así. Pero ella grita, grita sin parar, y lo único que sabe es que no puede dejar de hacerlo.

Que, quizá, nunca lo haga.

Nota: Esto es un pequeño homenaje a un precioso cuento de Fanshawe que podéis encontrar aquí, de ahí el subtítulo. No se lo pierdan, háganme el favor.

El alpinista, agotado por el esfuerzo, contempla el paisaje infinito desde lo más alto de la montaña. En un descuido imperdonable, su pie derecho resbala y comienza a caer hacia abajo sin control. Todo ha sucedido demasiado deprisa para que los demás puedan ayudarlo. Mientras cae, se pone triste, muy triste. No por lo que está a punto de sucederle, sino por todas las personas que deja atrás, y por todas las cosas pendientes para las que aún no ha tenido tiempo. Piensa en Pamela, su mujer; en sus amigos; en Kathy, su primera novia. Y, justo al final, se acuerda del olor a leña del patio de sus abuelos, y ve a su madre que se acerca para ofrecerle un bizcocho recién hecho, y a su padre que lo sostiene con brazos firmes para bajarlo de sus hombros, porque ya está bien de juegos que es la hora de merendar.

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El gran artista Nicolai Petrovski se echó a llorar como un niño al comprobar que el cuadro que acababa de pintar era una falsificación. Y bastante torpe, por cierto. Hasta un ciego se daría cuenta de que aquello no era un auténtico Petrovski.

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