Publicado el Sábado 1 de Septiembre de 2007
Día del blog.
Aprovecho para poner palabras a algo que me ronda en la cabeza últimamente: es cierto que me encanta el mundo del blog como oportunidad para leer y conocer a personas con las que de otra manera no me habría cruzado nunca. Creo que podría englobar todos los blogs que leo (cada vez son más) en tres grupos que no se excluyen necesariamente: gente que me hace pensar, que cuenta buenas historias (divertidas, entretenidas, o sencillamente bien escritas), y blogs en los que me enseñan cosas que no sé.
Ahora bien, cada vez más tengo la sensación de que un blog es un escaparate de una tienda en la que, en el fondo, no vas a llegar a entrar nunca. Si te gusta, pasas más veces por delante, o le dices a la gente cómo llegar allí, pero poco más.
A veces me entran ganas de llamar a una de esas puertas y ponerme a charlar con alguien a quien no conozco de nada. Porque me parece interesante, ingenioso, divertido. En fin, por lo que sea; me apetece sin más. No hablo de un simple comentario, que no deja de estar sometido a un post o tema concreto, sino a conocer a esa persona, y a hablar de cualquier cosa.
De algún modo siento que aquí, como en la realidad, también existen unas reglas de comportamiento no escritas. También hay una burbuja personal que se respeta tácitamente, un hielo que tarda en romperse del todo. Ponemos mucho de nosotros mismos en nuestros escaparates, hay quien los llama “sus casas”. Nos encantan que nos visiten, y, sin embargo, a menudo cuando entramos sólo encontramos los muebles, no a la persona que hay detrás. Colarte en determinados blogs para dar una opinión más allá del políticamente correcto “hola, pasaba por aquí, me gusta tu página” parece casi una intromisión. Como si hubiera que seguir unos pasos de aproximación previos. Vaya, como quien tiene por norma no hablar con desconocidos, o no irse a la cama nunca en la primera cita.
Algo me dice, sin embargo, que todo esto no es más que una cuestión de contextos. Ligar con una chica en la barra de un bar está bien. Si en un autobús invitas a alguien a tomar café eres raro, estás desesperado, como una chota, o eres un maníaco sexual. De la misma manera, el Messenger, o cualquier chat de IRC fomentan el intercambio, la confidencia, intimar en apenas media hora con alguien que no conocías de nada. Pero el blog, aun con sus comentarios abiertos, y sus emails de contactos, son lugares estáticos. Santuarios que no profanamos por apatía, pereza o, en el peor de los casos, por timidez.
Me pregunto: ¿Es lo que queremos? ¿No hacemos esto, precisamente, porque buscamos compartir un trocito de nosotros con los demás? Y sobre todo: ¿Tiene sentido algo de lo que he dicho?
(PD: Por favor, no me pasen de largo por este post…)
