El crítico confundió el paragüero con una obra de arte, a la que tituló “Destino”. Lo sacaron de su error entre miradas de incomodidad, y acto seguido reparó en una percha que, según él, bien podría haberse llamado “Nostalgia”. De nuevo tuvieron que emplear todo su tacto en abrirle los ojos sin dejarlo en evidencia, aunque no sirvió de nada. Le pasó lo mismo con la lámpara, con una maceta, y también con el grifo del lavabo. Mostraba tal seguridad en lo que decía que los demás empezaron a dudar de sí mismos, y pronto se encontraron dándole la razón. Es cierto que el pintor no logró vender un solo cuadro, pero nadie lo escuchó quejarse cuando recibió aquella indecente suma de dinero a cambio de un radiador y un par de ceniceros.

Ambos jugadores poseen una capacidad asombrosa para calcular combinaciones y adivinar lo que hará el contrario con muchísima antelación. Las piezas ocupan aún su posición de salida, pero la partida ha comenzado hace rato. El maestro mira directamente a los ojos del alumno y lo ve con total claridad: mate en catorce movimientos, no hay nada que pueda hacer. Sin mediar una sola palabra, agarra a su rey y lo postra sobre el tablero ante su rival, aceptando su derrota con la dignidad de la que sólo son capaces los ancianos y los sabios.

-¿Ha estado en la cárcel?
-No.
Clac, clac. Clac.
-¿Maltrata a su mujer?
-A veces.
Clac.
-¿Ha violado a algún niño?
-Sí, hace poco.
Clac. Clac.
-¿Bebe?
-Sí.
-Ya lo tengo… ¡Es Peter!