Ella no existía antes de que yo la conociera, pensó. ¿Estaban mejor así? No existía, y por una razón muy simple: él no sabía de su existencia. Era poco más que una figura borrosa, un pedacito de niebla. Una nadie bajita y rubia que ahora, sin embargo, no podía quitarse de la cabeza.

Mientras le daba vueltas a todo esto se olvidó del sándwich que se estaba preparando para cenar, y éste se fue desvaneciendo poco a poco. Primero el pan, luego la mayonesa, el atún, y por último el plato. Como si nunca, nunca jamás, hubiesen estado allí.

El brillo de una luz oscilante sobre la pared. Eusebio, de frente, nos mira con ojos cansados. No a nosotros, quiero decir, a la pantalla. A veces cambia de canal, a veces permanece un largo rato sin mover un solo músculo. Ningún programa parece llamar demasiado su atención, aunque no hace ademán de levantarse. Nos gusta Eusebio. Da vueltas en el sillón para encontrar una postura más cómoda. Tiene la boca seca. Se tomaría una cerveza, pero no le apetece nada ir a la cocina. Tampoco nosotros queremos que lo haga. Eructa, se rasca. No sabe que lo estamos observando.

¿Ve esa farola de ahí? Se fundió de pena la semana pasada porque ninguna pareja de amantes se paró a besarse junto a ella. ¿Y aquel buzón? Está enfadado porque ve pasar montones de cartas todos los días, pero nunca hay una para él. En este banco no se sienta nadie porque hay demasiado ruido. Nadie se toma la molestia de cruzar la calle para usar aquella papelera. Un poco más adelante hay una señal de stop que no se respeta, y una línea continua que se ha borrado ya de tanto pasar por encima. No es niebla lo que ve usted aquí, señor, es una calle que está muy triste.