La baronesa de Ferdinand, viuda rica y excéntrica, acostumbraba a viajar precedida de una larguísima comitiva de mozos, lacayos, porteadores, doncellas, sirvientes, bufones, mayordomos, peluqueros, guardaespaldas y algún que otro amante. A la cabeza de tan extraordinario desfile situaba siempre a su mensajero más elegante, con una breve nota que decía: “Llego mañana”.

Háblenos de sus proyectos, señor Liebman, díganos sobre qué está investigando ahora en su laboratorio. ¿Para qué sirven todos esos tubitos? ¿Y esa máquina de ahí? ¿Ha descubierto alguna vacuna nueva últimamente? Oh, no trate de engañarnos, señor Liebman, no sea usted tan modesto. Cuéntenos sus miedos, sus pasiones, sus manías, sus aficiones. ¿Le gusta disfrutar de los placeres sencillos de la naturaleza? ¿Entiende de caza? ¿Cuánto ha pagado por la alfombra persa del saloncito? ¿Para cuándo una señora Liebman? No sea tímido, no querrá que nos creamos que sólo hay ciencia en su vida, ¿verdad? Todo, señor Liebman, nuestras lectoras quieren saberlo todo sobre usted.

Como no quiere que se le olvide nada, ni lo bueno ni lo malo, apunta en un cuadernito todas las cosas que le gustan de ella, y en otro, las que no. Usa trazos pequeños, muy juntos y muy prietos. Dice que así tardará toda la vida en rellenar cualquiera de las dos libretas, y que, de todos modos, ojalá le queden aún muchas cosas por saber cuando llegue a la última página. Así se resume, más o menos, su idea de la felicidad.