Debimos tomar precauciones cuando nos aseguraron que se trataba de la mejor cámara del mercado. Ahora no sabemos cuál es la fotografía, y cuál el niño de verdad. Llevamos unos días resignados, preparando el doble de biberones y cambiando el doble de pañales, pero empezamos a estar un poco hartos. Esta mañana, Fidel ha llegado a casa con un marco de fotos que hace juego con el que compré yo la semana pasada. Dice que es el único modo de acabar con esto de una vez por todas, y no le falta razón. Creo que los niños quedarán muy bien ahí, uno a cada lado de la chimenea.

El niño sospecha que su hermano mayor lo engaña, y que todas las historias que le cuenta se las inventa él mismo. A escondidas, abre el libro y busca entres sus páginas con paciencia, una a una. No tiene muy claro lo que va a encontrar, pero cree que debe andar por ahí. Pasado un rato, y un poco más nervioso, cierra el libro, le da vueltas, lo sacude. Finalmente, arranca las páginas con furia. Ahí no hay nada de nada, así que ya no le queda la menor duda. Esa misma noche le dirá que ha descubierto su secreto, y que no se moleste más.