Siempre hay algún chaval vigilando desde el tejado más alto, para avisar si se acerca algún coche de fuera. No es algo que suceda muy a menudo, pero no quieren que nadie sospeche nada. Cuando dan la voz de alarma, todos los hombres abandonan rápidamente sus quehaceres en la cocina y agarran una manguera, un cortacésped, un martillo. Las mujeres esconden las cervezas, las fichas de dominó, el diario deportivo. Entran en sus casas y en un santiamén ponen una lavadora, sacan una aguja de ganchillo, una revista del corazón. Son minutos incómodos para todos, que suspiran inquietos por volver a la normalidad. Pero es el único modo de asegurarse de que los dejan en paz.

Estaba tan convencida de que tarde o temprano la iba a engañar que decidió no casarse con él, no acudir a la cita, no comprarse ese vestido, no entrar a trabajar en aquella oficina, no estudiar en la Universidad, no alternar con esos chicos del instituto, no pasar los veranos con sus abuelos, no llegar a nacer siquiera.

Tiene una biblioteca infinita repleta de libros vacíos con páginas en blanco (sólo un título, un par de párrafos en la contraportada). Apremiado por una insaciable sed de conocimiento, dice que no le da tiempo de otra cosa, que es la única manera de leer todos los libros del mundo. Se ha dado cuenta de que, pasados algunos años, es capaz de recordarlos vagamente (apenas un título, un par de párrafos de la contraportada), y es entonces cuando gracias a su mala memoria se convence a sí mismo de que los ha leído de verdad.