Llevaba una vida ejemplar, pero al cumplir los cincuenta se presentó en la comisaría y dijo: “Señor guardia, arrésteme, por favor. Sin preguntas.”

Durante los treinta años siguientes permaneció en silencio absoluto, en una celda pequeñita pero bien ventilada.

La noche de su octogésimo cumpleaños se levantó y llamó al carcelero. “Ya puede dejarme ir. Gracias por todo.”

Al día siguiente atracó cuatro bancos y un furgón blindado. Sabía que su corazón no aguantaría tantas emociones, pero murió contento. Joaquín Vélez siempre pagaba por adelantado.

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