Los tomaban por una familia bien acomodada, y jamás habrían admitido que estaban pasando una mala racha. Después de mucho pensarlo, gastaron sus últimos ahorros en un maletín de pinturas y algunos pinceles. Ella, que siempre había tenido un poquito de artista, dibujaba cada mañana el pañuelo inmaculado en el bolsillo de su marido, doraba los pomos de las puertas, acentuaba el brillo del asado de cordero que se veía desde la ventana, disimulaba las manchas de humedad y, qué diantre, con un toquecito aquí y otro allá, convertía el viejo coche familiar en un resplandeciente Mercedes. Envalentonada, no paró de insistir hasta que su marido la dejó pintar a un precioso niñito rubio, a veces sentado en el sofá, a veces jugando en su cuarto o asomado a la terraza, a quien por si acaso no sacan nunca  en los días de lluvia.

Se suena la nariz como si acabase de despedir a un ser querido, saluda con la mano mientras suelta una lagrimita para que los demás puedan verla. Dirige una última mirada hacia la ventanilla del segundo vagón, y se queda allí, parada, mientras observa cómo se pone en marcha la locomotora para alejarse poquito a poco. Y qué más da que ni siquiera eche humo, piensa, y qué importa que ese no sea un tren de verdad.

Es así hasta tal punto que un hombre decente –cualquiera me vale– decide cometer una salvajada, como por ejemplo una violación, pero ni siquiera la víctima denuncia su crimen, y es él quien termina confesando en la comisaría, y en la habitación de al lado hay una mujer hecha despojos que hace lo posible por no parecer tan delgada, o tan joven, o tan demacrada, pero él está seguro de reconocerla, y es tan desoladora su indiferencia que el hombre no puede controlarse y se salta todas las prohibiciones para irrumpir en la sala, qué más le da ya, y se abalanza sobre la mujer allí mismo, con todos mirándolos con una mezcla de sorpresa y abatimiento –en realidad nadie hace nada para detenerlo–, y al tiempo que la golpea aúlla: ¿pero es que no te duele? ¿Acaso no te he hecho suficiente daño ya? Grita, por dios, grita. 

Cuando no lo mira nadie, desaparece. Sabe que es así desde que tiene uso de razón, y por eso no le queda más remedio que llamar siempre la atención allá donde va, rodearse de mucha gente. Si no le hacen caso, aunque sea por un instante, o si se queda solo, se desvanece sin más. Sus ropas caen en un revoltijo desordenado, cualquier cosa que sostenía entre las manos se estrella contra el suelo. Ha intentado explicar lo que le sucede, pero nadie le cree. Está ahí cuando vuelves la cabeza, desnudo, con cara de estar aún más sorprendido y más incómodo que tú.

El señor de la fotografía odia a su esposa intensamente. No puede perdonarle que fingiera un embarazo para obligarlo a casarse con ella (eran otros tiempos), ni que disponga de esa manera de su dinero, ni que chismorree a todas horas con sus vecinas. Ella detesta su bigote, sus pies fríos, su afición al bourbon y a los sellos. El hijo mayor no sabe cómo decirles que quiere dejar sus estudios de medicina, que está harto de que dispongan de su vida de esa manera. Por último, la hija sostiene a un bebé que a todas luces es demasiado pequeño para tratarse de un hermano más, pero era la única forma de ocultar el escándalo. Claro que a quiénes van ustedes a creer, a mí o a ese estúpido rótulo de “Happy family” junto a la imagen. A una vieja amargada o a esas sonrisas radiantes fijadas en sepia para siempre. A su miedo a que tenga razón o a su patética esperanza de que, al menos por esta vez, yo me equivoque.

Se trata de un concurso de cocina, en el que se dan cita los mejores chefs de la ciudad. Sin embargo, el asunto es delicado porque, ustedes se harán cargo, los ingredientes no son fáciles de conseguir. A partir de ahora podría construir una historia amable con la dosis justa de humor negro, que les arrancase una sonrisa a medias y les dejase una sensación no del todo desagradable: los abuelos ofreciéndose voluntarios, las tías solteras dando un paso al frente henchidas de orgullo, incluso los hijos más valientes de las familias numerosas que no llegan a final de mes, con montones de aplausos de fondo. Pero la realidad rara vez es tan amable, el humor negro es una invención de la literatura, y hay sonrisas que no deben asomarse siquiera a nuestros labios. En casos como este lo único que importa es ganar a cualquier precio. Los cocineros hostigan a sus parientes y vecinos, desaparecen personas en los barrios más pobres, empujan a los niños aterrados a los calderos y, sobre todo, sufren lo indecible las víctimas de determinadas recetas de diseño, a quienes ni siquiera sacrifican, y cuya carne se sirve cruda a unos jueces más exigentes cada año.