Cuentos mínimos

Lo bueno, si breve… dos veces breve.

Entradas de la categoría ‘Anécdotas, recuerdos’


Publicado el Lunes 24 de Abril de 2006

Mi lado oscuro.

PARADA DEL AUTOBÚS. EXTERIOR. DÍA.
Dos jóvenes de unos 16 años charlan con cara de espárrago (ambos, lo cual no deja de resultar exótico).
CHICO:
¿Vas a ir hoy al instituto?
CHICA:
Sí, pero no pienso entrar a tercera hora en química. Voy fatal con la asignatura.
CHICO:
¿Y no será peor si encima no vas a clase?
CHICA:
Ya, pero es que a mí ese tío no me soluciona nada.

Podría haber dicho ’es que no me entero con el profesor ese’. O ’me aburro como una ostra’. O ’paso, me voy a tomar el sol, o a la Feria’. Pero no, tuvo que soltar una mamarrachada como esa: “a mí ese tío no me soluciona nada”.
Es por eso por lo que me entraron ganas de estrangularla.PD: Pero no, no lo hice (sic).

Publicado el Jueves 20 de Abril de 2006

Él y ella

A veces, a fuerza de cruzarte con las mismas personas todos los días, algunas de ellas entran a formar parte de tu vida sin que te des cuenta, y el día que no los ves te sorprendes a ti mismo pensando en ellos de repente.

Ella es una chica joven, morena, muy pero que muy guapa. Él es delgado y alto (mucho más que ella), joven también y algo desgarbado, todo piernas y todo brazos. No te das cuenta en el primer momento, pero poco después se hace evidente que sufre algún tipo de retraso mental.

Cuando bajan del autobús, siempre juntos, él se detiene unos instantes y busca la mano, el hombro o el cuello de ella para apoyarse. Una vez que lo encuentra echa a andar, y su rostro y su sonrisa te dicen que no, que ya no puede pasarle nada malo. Con ella a su lado, él se siente seguro.

A veces, te gustaría que esas personas siguieran formando parte de tu vida para siempre.

Publicado el Martes 4 de Abril de 2006

Estampas de la vida moderna.

Entro en un patio de vecinos, cobijado entre cuatro edificios enormes. En un rincón veo apilados en el suelo un balón de fútbol, otro de baloncesto, un patinete y dos bicicletas. Continúo caminando y encuentro por fin a sus dueños: tres niños de unos ocho años, sentados juntos en un portal. Cada uno está concentrado en su propio videojuego portátil. No hablan.

Me alejo con un escalofrío.

Publicado el Viernes 31 de Marzo de 2006

Qué facil es ser feliz, a veces.

Vas leyendo, como de costumbre, en el autobús. Esa tarde no estás de demasiado buen humor por el trabajo, o por el día que estás teniendo. De pronto una anciana te golpea la pierna al pasar, sin querer. La ves, tan chiquita, y le ofreces el sitio. Que no. Que sí. Que no. Que sí. Al final se resiste, creo que porque no quiere que pienses que te ha golpeado adrede. El caso es que encuentra un sitio en frente, con lo cual vuelves a tu lectura. Levantas la vista y te das cuenta de que su marido, igual de viejito, está a su lado y aún de pie. Le vuelves a ofrecer el sitio. Que no. Que sí. Que no. Que sí. También se resiste, porque es un galán y eso no lo vas a cambiar tú a estas alturas.

Se bajan del autobús. Su compañera de asiento te dice: ‘te está diciendo adiós’. Miras por la ventana y la ves a ella mandándote besos con la mano.

Y ya no te quita nadie la sonrisa en toda la tarde.

Publicado el Jueves 30 de Marzo de 2006

¿Seis? (o ‘El mundo entero al alcance de tu mano’.)

Después de varios meses escuchando hablar sobre Zifra y el Blog de Zifra a Fanshawe y a Carboanion (e imaginándomelo como una chica joven y algo friki) me da por echar un vistazo y descubro que es un amigo y compañero de mis padres en la Universidad.

Hace unos meses llego a la bitácora de Rafael Marín por medio de Otis, que lo cita en un par de ocasiones casi seguidas. Tras preguntarle a mi padre por este escritor de ciencia ficción y gaditano, resulta que es compañero suyo del colegio.

Hace seis o siete años ya, no estoy segura, estoy tomando una cerveza con Alberto y de pronto Carlos se acerca y se nos sienta al lado, tan tranquilo y sonriente como siempre. Dos de mis mejores amigos que a su vez eran íntimos sin yo tener ni idea.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre la teoría de los seis grados de separación. Pero últimamente he decidido que ya no deberían ser seis, sino cinco. O incluso cuatro. Porque la velocidad a la que vamos hoy en día de la mano de tanta tecnología nueva se los salta de dos en dos.

No estoy segura, pero creo que esto me gusta.

Publicado el Domingo 26 de Marzo de 2006

Comi-trágico.

Entro en el autobús. Hay varias personas de pie, por lo que me sorprendo de mi suerte al encontrar un asiento vacío al lado de un anciano. Nada más sentarme, comprendo el porqué. Se trata de un hombre más que peculiar, de los que tendemos a evitar por temor, vergüenza ajena o, simple y mero acto reflejo. Lleva sombrero, al que ha malpegado una pequeña plumita de tela arrugada a lo Robin Hood. Viste chaqueta a cuadros, chaleco y corbata amarilla. Empuña bastón.

Abro mi libro, pero no leo nada. Lo observo por el rabillo del ojo. Y permanezco atenta a todo lo que hace.

De pronto empieza a hablar lo suficientemente alto para que lo oigamos todos los pasajeros que estamos a su alrededor. Mantiene una conversación natural, como si todos lleváramos media hora juntos tomando un café. Sólo que no se molesta en esperar a que nadie le conteste. Cuenta chistes, uno detrás de otro. Cuando no se ríe nadie los explica, por si alguno más torpe no lo ha pillado bien. En realidad mezcla un poco de todo. Saca de su bolsillo un dibujo de una joven que al girarse se convierte en anciana. Un recorte de periódico amarillo de una mujer negra con cientos de aros de metal en la cara. Incluso cuenta un problema matemático (el de los tres hombres que van a un bar, ponen 10 pesetas cada uno y al final el cambio no cuadra) que sólo yo parezco identificar por la de veces que se lo he oído a mi madre.

A nuestro alrededor, la mayoría de la gente se burla de él. Pero no parece importarle lo más mínimo.

Y entonces pasa: repite el mismo chiste que acaba de contar un minuto antes. Las sonrisas se nos congelan. Me viene a la cabeza lo que dijo Alberto hace unos días sobre la soledad. Y me digo a mí misma que tengo que escribir sobre esto.

Publicado el Domingo 27 de Noviembre de 2005

Llegó la hora.

Hemos decidido que nos vamos a España. Para quedarnos.

Deseadnos suerte, por favor.

Publicado el Viernes 23 de Septiembre de 2005

A propósito…

Ayer me comí un croissant enfrente de la Torre Eiffel.

Publicado el Miércoles 10 de Agosto de 2005

Una vez en la vida.

Cuando se acude al teatro y se ve una obra especialmente buena (más aún en el caso de un monólogo), es bonito salir con la sensación de que el actor ha tenido una noche “mágica” difícil de repetir. De que ese día ha estado más inspirado que cualquier otro, y tú has estado ahí para verlo. Mala suerte para los que acudieron el día antes, o para los que acudirán el día después.

Quiero creer que eso es lo que sucedió la noche del 22 de julio en Almagro, cuando todo los espectadores del Claustro de los Dominicos, con la piel de gallina, conteníamos la respiración al compás de las palabras de El Brujo.

Publicado el Lunes 27 de Junio de 2005

De vuelta.

Durante este último mes sólo he tenido un fin de semana de descanso. Semanas de siete días en la oficina llegando a casa a las ocho de la tarde. Me ahorraré los detalles, pero os podréis imaginar que estoy totalmente agotada.

Cuando se viven momentos de tanta tensión en un ambiente laboral (en cualquier ambiente, diría yo), es fácil olvidar a veces que todos estamos en el mismo equipo. Surgen roces y discusiones que cuanto más cansados estamos, peor van sentando. El cansancio acumulado se multiplica por dos, o por diez. Y llega un momento en el que crees de verdad que no puedes más.

He estado en ese punto varias veces durante las últimas semanas. Hará unos diez días, sin embargo, llegué del descanso de mediodía y me encontré en mi escritorio un libro envuelto en papel blanco.

La nota que lo acompañaba decía: “C + MJ - I don’t mean to be evil. I’m just tired. Love you both, Steve xx”.

Lo que probablemente no sabe Steve es que ese gesto me ha hecho aguantar hasta hoy, cuando está a punto de acabarse todo el follón.

Muchísimas gracias, Steve.