El señor de la fotografía odia a su esposa intensamente. No puede perdonarle que fingiera un embarazo para obligarlo a casarse con ella (eran otros tiempos), ni que disponga de esa manera de su dinero, ni que chismorree a todas horas con sus vecinas. Ella detesta su bigote, sus pies fríos, su afición al bourbon y a los sellos. El hijo mayor no sabe cómo decirles que quiere dejar sus estudios de medicina, que está harto de que dispongan de su vida de esa manera. Por último, la hija sostiene a un bebé que a todas luces es demasiado pequeño para tratarse de un hermano más, pero era la única forma de ocultar el escándalo. Claro que a quiénes van ustedes a creer, a mí o a ese estúpido rótulo de “Happy family” junto a la imagen. A una vieja amargada o a esas sonrisas radiantes fijadas en sepia para siempre. A su miedo a que tenga razón o a su patética esperanza de que, al menos por esta vez, yo me equivoque.

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