Cuentos mínimos. La bitácora de Idgie W. Mcgregor.

Lo bueno, si breve… dos veces breve.

Entradas publicadas en Octubre de 2007


Publicado el Viernes 26 de Octubre de 2007

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Y es Alberto el que me envía mi primer regalito de cumpleaños, que dice así:

La señorita Idgie W. Mcgregor pensó muy fuerte su deseo y luego sopló las velas con los ojos cerrados.

Por increible que parezca, al abrir los ojos se había convertido en María José Barrios y tenía un bolígrafo y un cuaderno en la mano. Desde el papel, Idgie miraba a Mariajo interrogante, esperando el siguiente movimiento.

¿No es para quererlo? :)

Publicado el Jueves 18 de Octubre de 2007

La rueda.

Tercer cuento de octubre en Libro de Notas.

La rueda

Primero se llevaron las fábricas, dado lo barato de la mano de obra. Acto seguido, las grandes compañías abrieron oficinas y reemplazaron a la mitad de su personal por otro que le costaba la mitad. El gasto en viajes, comunicación y mensajería que esto provocó hizo que despidieran al resto y acabaran por trasladarse del todo. A partir de ahí, las cosas se precipitaron. La nueva clase trabajadora de estos países necesitaba transporte, alimentos, tecnología. Para allá se fueron las pequeñas empresas, los ingenieros, los informáticos, los supermercados, los cines, las papelerías, los hoteles, los restaurantes. No quedó casi nadie.

Ahora se rumorea que están planeando abrir una planta de producción al sur de Manchester. Hay un puñado de ingleses dispuestos a trabajar por cuatro duros.

Publicado el Miércoles 17 de Octubre de 2007

Evolución (cuento de terror).

Segundo cuento de octubre en Libro de Notas.

Evolución (Cuento de terror)

Llevaban muchos siglos ya utilizando ascensores, escaleras mecánicas, aceras móviles, vehículos a motor, aparatos de gimnasia pasiva y andadores autopropulsados. Aún así todos se sorprendieron el día en que empezaron a nacer los primeros niños sin piernas.

Publicado el Martes 16 de Octubre de 2007

Sin fondo.

Primer cuento de octubre en Libro de Notas.

Sin fondo

El chef más prestigioso de la ciudad lo invitó a su restaurante como reclamo publicitario: nadie salía con hambre de su establecimiento.

Cuando acabó con todos los entrantes, los primeros platos, los segundos y los postres que le habían sido servidos, le abrieron de par en par las puerta de la despensa, de la que salió pidiendo más.

El propio dueño retiró los platos ya empezados de los demás clientes sin atender a quejas, y se los ofreció para ganar algo de tiempo. Estaba claro que no había otra alternativa. Respiró hondo y corrió las cortinas. Luego agarró a una muchacha rubia y, tímidamente, la empujó hacia él.

El hombre siguió comiendo, como si tal cosa, hasta que no quedó ni un solo camarero.