Cuentos mínimos. La bitácora de Idgie W. Mcgregor.

Lo bueno, si breve… dos veces breve.

Entradas publicadas en Junio de 2007


Publicado el Jueves 28 de Junio de 2007

La cara y la cruz.

Hace tiempo que mi alter-ego, Idgie W. McGregor, dejó de ser un simple personaje de ficción y cobró vida por sí mismo. Supongo que coincidirán conmigo en que se trata de una chica a la que le gusta observar la vida con una mirada amable, cordial, conciliadora. No es especialmente mística o espiritual, pero aún así disfruta escribiendo cosas que la hagan feliz con la única intención de arrancar una sonrisa (mínima) a los demás.

Todo eso está muy bien. Obviamente, Idgie es una parte de mí misma. Pero ojo, sólo una parte.

Hace un par de semanas, decidí que ya era hora de ser algo más. Aunque ustedes no lo crean, a veces también me apetece ser gamberra y políticamente incorrecta. No se apuren, Idgie seguirá por aquí igual de contenta que siempre, convirtiendo en cuentecito todo lo que pille de por medio.

Para mis ratos libres, sin embargo, me he buscado un segundo trabajo como cocinera. Vengan a visitarme si quieren, que les invitaré a un bocadillo, pero sepan que una vez traspasada esta frontera… ya no habrá marcha atrás.

Luego no digan que no se lo advertí.

Publicado el Domingo 24 de Junio de 2007

Leer.

Hace unos días me topé, por pura casualidad, con un librito de “teatro mínimo”. Tengo una habilidad especial, que me encanta, para encontrar libros raros (auténticas joyas) sin proponérmelo. Es casi místico: me pongo delante de una estantería de cualquier librería y sólo tengo que dejar que mis dedos señalen un punto cualquiera. Diría, incluso, que son los libros los que en ese momento me ven llegar y me encuentran a mí.

A lo que iba. Este libro en cuestión recoge cinco obras de las cuales una me ha dejado especialmente marcada. Tiene apenas cinco páginas, pero me voy a permitir copiar algunos fragmentos sueltos:

JORGE: Ese libro. ¿Me lo presta? … Sólo por unas horas… Sólo una hora.

LUIS: No podrá leerlo en una hora.

JORGE: En menos de una hora lo tendrá de vuelta en su pupitre.

[…]

LUIS: Mire, no puedo ayudarle. Incluso aunque fuese usted capaz de leer este libro en un cuarto de hora. Le aseguro que no es nada personal. Simplemente, no me gusta interrumpir una lectura. De la primera palabra hasta la última, es así como me gusta leer. Pero le prometo que, en cuanto lo haya acabado, antes de devolvérselo al bibliotecario, le avisaré a usted, a fin de que nadie se le adelante.

JORGE: ¿Se está burlando? Lo he visto leer. Aún está en la primera página, después de veinte años. ¿Cuántos más necesitará sólo para acabar el primer capítulo?

[…]

LUIS: Hay miles de libros en la Biblioteca Nacional, ¿por qué se ha encaprichado precisamente de éste? No irá a decirme que ya ha leído todos los demás.

JORGE: Sí.

LUIS: ¿Sí?

JORGE: Éste es el último que me falta. El resto, los he leído todos.

LUIS: Supongo que dice la verdad. Lo he visto leer. Lo confieso: sabía que llegaría este momento. Lo aguardaba con temor.

[…]

LUIS: ¿Ha comprobado que no hay otro ejemplar?

JORGE: Usted sabe que no hay otro ejemplar. ¿Cómo podría haberlo, de un libro así?

[…]

JORGE: Parece que vamos a tener que solucionar esto solos.

LUIS: Si es así, hablemos con franqueza: usted está perdiendo el tiempo en este lugar. Ahí fuera hay sol o lluvia, el tipo de cosas que interesan a la gente como usted.

JORGE: ¿Sol? ¿Lluvia?

LUIS: Se lo diré claramente: usted no se merece este libro. Usted no es hombre para este libro. Para usted todos los libros son iguales. Igual leer el Corán que un recetario de cocina. Igual se traga un Chesterton que una novelucha de quiosco. Igual un Adolfo Bioy que un Ernesto Sábato. Usted lee con el estómago.

JORGE: Todos los libros que he leído son para mí el prólogo de éste.

LUIS: No consentiré que ponga sus sucias manos sobre él.

JORGE: Entonces, no es posible un acuerdo.

LUIS: Mejor no perder más tiempo.

JORGE: ¿No podríamos solucionar esto de otra manera?

LUIS: No perdamos más tiempo.

(Comienzan a golpearse.)

El título de la obra es BRGS, y forma parte de un pequeño libro llamado Teatro para minutos, de Juan Mayorgas. Fue publicado por Ñaque Editora en el año 2001. Cuesta tres euritos de nada. Por favor, búsquenlo.

Publicado el Martes 19 de Junio de 2007

Teatro abandonado.

Hoy me toca devolver la presentación y el homenaje (mínimo), que espero que a estas horas ya no se esté esperando. El señor Alberto Haj-Saleh, también conocido como Fanshawe por estos lares, estrena hoy columna en Libro de Notas.

Entre sus muchas peculiaridades citaría, quizá, el hecho de que nunca estoy del todo segura de cómo se deletrean ninguno de sus nombres (bueno, ‘Alberto’, sí), la capacidad que tiene, cuando quiere, de ponernos a todos los vellos de punta con lo que escribe y que es el CULPABLE de que yo empezara a escribir microrrelatos. Todo por un extraño cuento de australianos desnudos.

Teatro abandonado es microteatro con un antes y un después desaparecidos. Hoy se estrena con Intervalos regulares.

Qué hacen leyendo aquí todavía.

Publicado el Lunes 18 de Junio de 2007

Certidumbre.

Tercer y último cuento de la columna de junio en Libro de Notas.

Certidumbre

No me gustan los aeropuertos en hora punta. Estoy seguro de que en medio de tal amalgama de gente hay, como mínimo, un policía corrupto, un suicida, un marido cornudo, un claustrofóbico, una bailarina, una pareja de prometidos a punto de casarse, un matrimonio a punto de divorciarse, alguien que va a morir mañana, un cantante famoso, una persona muy triste, un terrorista, un adolescente fugado, un asmático, una mujer maltratada, un escritor, alguien que esconde un arma, un futbolista, un funcionario, un violador, un hombre que no tiene amigos, un niño huérfano, un maníaco, una chica de la que podría enamorarme, un político, una actriz norteamericana, un asesino y alguien que se parece mucho a mí.

Mirarlos a la cara, uno a uno, y no saber quién es quién es lo que me pone nervioso.

Publicado el Domingo 17 de Junio de 2007

Canto a la realidad.

Segundo cuentito de mi debut en Libro de Notas.

Canto a la realidad

Sueña la Bruja del Este que es un ama de casa con los rulos siempre puestos y una receta estupenda de buñuelos de viento.

Sueña el Príncipe Azul que es un funcionario público detrás de una ventanilla que pone sellos de hasta tres colores distintos.

Sueña el Hada Madrina que es maestra de escuela en un pueblo pequeño y amante discreta de un hombre casado.

Sueña el Viejo Dragón, en su cueva, con la partida de dominó de los sábados a ritmo de chatos de vino y aceitunas sin hueso.

Cada mañana, todos despiertan con la triste conciencia de quien se sabe preso y sin salida en un mundo de fantasía.

Publicado el Sábado 16 de Junio de 2007

La fuerza de la costumbre.

Primer cuento recogido este mes por Libro de Notas.

La fuerza de la costumbre

Los zapatos de Ígor Bóvarich siguieron caminando muchos años más antes de darse cuenta de que su dueño, cansado ya de tanto viaje, se había instalado por fin en un pueblo pequeño del Norte de Nebraska. Todavía se rasca la cabeza preguntándose qué habrá sido de ellos.

Publicado el Viernes 15 de Junio de 2007

Cuentos mínimos.

Cuentos Mínimos en Libro de Notas.

Y no, el título de este post no es una obviedad: es el nombre de la nueva columna mensual de cuentitos que publicaré en Libro de Notas los días 15 de cada mes. Que me hayan propuesto colaborar allí me parece todo un honor, así que espero estar a la altura de las expectativas. No hace falta decir que están todos invitados a la cita.

La razón de ser de esta bitácora, por otro lado, es la de convertirse con el tiempo en un compendio de mi trabajo. Por ese motivo todos los cuentos que aparezcan en Libro de Notas me los traeré también aquí de forma sistemática a partir del día siguiente de su publicación. Así cada uno podrá ponerme a caldo en el sitio que más le convenga.

Por último, los agradecimientos: la ilustración de la cabecera es una acuarela original de mi hermana pequeña (o Hermana Mínima, como ustedes quieran… en breve les hablaré un poco más de ella porque está a punto de estrenar web), y el texto de presentación y, en el fondo, la culpa de todo esto, no es de otro que de Fanshawe en persona. Gracias a ambos de todo corazón.

Publicado el Sábado 9 de Junio de 2007

Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys (1966).

Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys.

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Publicado el Miércoles 6 de Junio de 2007

La carga, de Jeanette Winterson (2005)

La carga, de Jeanette Winterson

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Publicado el Lunes 4 de Junio de 2007

Jugar limpio.

Hoy me apetece hablar (y hacer apología absoluta) de la Trampa. No de la “mala’, que quita todo interés al juego y mata el espíritu lúdico, sino de la trampa bien hecha, la que se convierte en un juego por sí misma.

Hay jugadores tramposos cuyo único objetivo es ganar a toda costa. Son los que, en el momento en que más les conviene, se acogen a esa regla raspadita que nadie ha usado en toda la partida hasta ese momento. Los que “siempre” se han contado 12 en el parchís. Los que no llegan más allá de repartirse un par de billetes extra en el Monopoly o de barajar a su conveniencia las cartas en el Cinquillo. El mal tramposo sabe que va a ganar, pero lo único que consigue es desproveer al juego de toda emoción. No disfruta con su trampa, y por más que se diga a sí mismo lo contrario, siempre va a haber una pequeña espinita de remordimiento que le evitará vanagloriarse por completo de su victoria. Por otro lado, suele darse el caso de que los malos tramposos son, curiosamente, malos perdedores.

Pero una trampa bien hecha es puro ingenio, un divertimento. Es épica, un reto, una gesta que se convierte en un fin en sí misma. El buen tramposo es aquél que se olvida incluso de ganar el juego, el que a veces hasta sacrifica su propia victoria por algo que sabe que va a trascender mucho más allá de esa partida concreta y de esa reunión de amigos. Una buena trampa debe ser bien acogida, celebrada, incluso: gracias a ella el juego nunca llega a ser algo rutinario porque nadie, ni siquiera el propio tramposo, sabe lo que va a pasar. El purista de la trampa, por otro lado, no querrá pasar desapercibido. Sufrirá más que nadie hasta conseguir llevar a cabo su plan, pero en el fondo está deseando ser descubierto y que sus proezas salgan a la luz. La culminación de todos sus esfuerzos no llegará con la victoria, sino con la reacción de asombro, perplejidad o incomprensión de los demás cuando lo confiese todo.

Hay trampas célebres en mi memoria que jamás se borrarán, no importa el tiempo que pase. Como cuando T. cogió tranquilamente las cartas ocultas del Cluedo delante de TODOS los jugadores, las sacó, las leyó, las volvió a dejar en su sitio y NADIE se dio cuenta. O cuando, dirigiendo una partida de asesino, eliminé la carta del malo y dejé que todos los jugadores se acusaran entre ellos, desesperados por encontrar a un culpable que no existía (me moría por ver la cara que pondrían los dos últimos). También guardo buenos recuerdos de los pactos diplomáticos en el Risk, o de aquella vez que A. y J. pusieron en práctica el impuesto revolucionario en Los Descubridores de Catán.

Supongo que podría resumir todo lo que he escrito hasta ahora en un par de frases: Hay quien juegar para ganar. Yo juego, SIEMPRE, por jugar.