El alpinista, agotado por el esfuerzo, contempla el paisaje infinito desde lo más alto de la montaña. En un descuido imperdonable, su pie derecho resbala y comienza a caer hacia abajo sin control. Todo ha sucedido demasiado deprisa para que los demás puedan ayudarlo. Mientras cae, se pone triste, muy triste. No por lo que está a punto de sucederle, sino por todas las personas que deja atrás, y por todas las cosas pendientes para las que aún no ha tenido tiempo. Piensa en Pamela, su mujer; en sus amigos; en Kathy, su primera novia. Y, justo al final, se acuerda del olor a leña del patio de sus abuelos, y ve a su madre que se acerca para ofrecerle un bizcocho recién hecho, y a su padre que lo sostiene con brazos firmes para bajarlo de sus hombros, porque ya está bien de juegos que es la hora de merendar.

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