Publicado el Lunes 10 de Septiembre de 2007
La montaña.
“La montaña”, de Enrique Anderson Imbert, es uno de mis microrrelatos favoritos. Dice así:
El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.
Hoy me he acordado de él y me han entrado ganas de darle la vuelta. Voy a intentarlo, a ver qué sale:
El alpinista, agotado por el esfuerzo, contempla el paisaje infinito desde lo más alto de la montaña. En un descuido imperdonable, su pie derecho resbala y comienza a caer hacia abajo sin control. Todo ha sucedido demasiado deprisa para que los demás puedan ayudarlo. Mientras cae, se pone triste, muy triste. No por lo que está a punto de sucederle, sino por todas las personas que deja atrás, y por todas las cosas pendientes para las que aún no ha tenido tiempo. Piensa en Pamela, su mujer; en sus amigos; en Kathy, su primera novia. Y, justo al final, se acuerda del olor a leña del patio de sus abuelos, y ve a su madre que se acerca para ofrecerle un bizcocho recién hecho, y a su padre que lo sostiene con brazos firmes para bajarlo de sus hombros, porque ya está bien de juegos que es la hora de merendar.
