No sale de su garganta. Viene de sus párpados, de sus oídos, de su pecho, de su barriga, de la lengua que tantas veces ha tocado esa otra lengua, de las puntas de los dedos que recorrieron ese otro cuerpo, de cada poro de su piel que antes recibía esa otra piel.

La mujer de mi cuento sigue gritando. Grita y no sabe el qué, ni a quién. No hay nada ni nadie en el mundo que explique un grito así. Pero ella grita, grita sin parar, y lo único que sabe es que no puede dejar de hacerlo.

Que, quizá, nunca lo haga.

Nota: Esto es un pequeño homenaje a un precioso cuento de Fanshawe que podéis encontrar aquí, de ahí el subtítulo. No se lo pierdan, háganme el favor.