No sale de su garganta. Viene de sus párpados, de sus oídos, de su pecho, de su barriga, de la lengua que tantas veces ha tocado esa otra lengua, de las puntas de los dedos que recorrieron ese otro cuerpo, de cada poro de su piel que antes recibía esa otra piel.

La mujer de mi cuento sigue gritando. Grita y no sabe el qué, ni a quién. No hay nada ni nadie en el mundo que explique un grito así. Pero ella grita, grita sin parar, y lo único que sabe es que no puede dejar de hacerlo.

Que, quizá, nunca lo haga.

Nota: Esto es un pequeño homenaje a un precioso cuento de Fanshawe que podéis encontrar aquí, de ahí el subtítulo. No se lo pierdan, háganme el favor.

8 Responses to “El grito (u «otra mujer en San Sebastián»)”

  1. Oyros Says:

    Son distintos. El de Fanshawe habla de la soledad y las apariencias. Este resulta más asfixiante. Que un personaje no sepa porqué está haciendo algo que parece absurdo y que no pueda para de hacerlo me pone los pelos en posición de defensa.

  2. Cristina Says:

    Es mucho más asfixiante, sí. Sobre todo porque aquí no hay un motivo «expresado», sino «aludido», que no obliga al lector a ponerse exactamente en la piel de la mujer, sino a imaginarse a sí mismo gritando.

    Preciosa la descripción del grito, de cómo se va acumulando en ella física y espiritualmente: su viaje, sus causas, su destino. De todas formas, este también habla de la soledad, ¿no crees Oyros? Aunque quizás son dos tipos distintos de soledad: una, la rutinaria, la de todos los días, aquella cuyo origen es tan lejano; ésta que parece tan reciente… No sé, esa piel que recuerda otra piel, los dedos que no eran nada sin otros dedos, los labios que simulan los otros labios…

    También me parece genial ese recurso de autoalusión, metacontificación o como leches se diga: «la mujer de mi cuento». ¡Qué bien haces eso Idgie! (¿Se puede tutear aquí?) Deslizas una palabra del cuento fuera del cuento… Como un zarpazo que repentinamente te cogiera por el pescuezo en la calle o yo qué sé… Y todo se vuelve mucho más «real» (real de esa realidad que, como dicen Clarice o Calderón, «es imposible»). Eso es creación, vaya que sí.

    A mí sí me parece especialmente bueno, vaya que sí.

  3. jejo Says:

    Quedé aturdido. Realmente conmovido por los dos cuentos que acabo de leer.
    Los dos destilan soledades. La mujer de tu cuento, pienso, sufre aún más que la otra. Es más agudo su dolor y no cesa. Eso lo hace más trágico.

    Y creo que sí, que este cuento es especialmente bueno y que no es copia. Es auténtico.

  4. fanshawe Says:

    No, no es copia. Sí, es especialmente bueno. Bastante mejor, de hecho.

  5. Cristina Says:

    A mí los dos relatos me parecen buenos. Y lo mágico de ambos, creo, es lo radicalmente diferentes que son pese a las semejanzas que, aparentemente, tienen. Creo que este habla al principio de la soledad, luego de sus consecuencias y finalmente, y eso es lo que lo hace asfixiante, de la angustia que supone la permanencia de esas consecuencias. Al final, ya no se habla del cuerpo ausente, del que no estaba, sino de la persistencia del grito y de la imposibilidad de que cese.

    En el de Fanshawe creo que el motivo de la tristeza es mayor que el de la soledad. Porque es una soledad que se abre paso entre los objetos. Eso es lo que me parece triste. Y al final, lo que desvela no es un motivo para la soledad, como hace el cuento de Idgie al principio, sino un motivo para la tristeza. Y, ya, poniéndome cursilona, entiendo que la tristeza es un sentimiento más hogareño: estoy triste y grito y estoy viva. ¡Que oigan mi grito! La soledad no deseada -trazada aquí de un modo tan poético- es más angustiante: estoy sola y no grito para nadie. Es sólo desazón a solas.

    Bueno, igual estoy meando fuera del texto (probablemente), pero me ha fascinado este relato. Luego el otro. Y ahora me fascina ir encontrando sus semejanzas y diferencias.

    Sorry por inmiscuirme y por partida doble.

  6. Ana Lorenzo Says:

    Tu cuento, María José, me parece un grito de dolor por la pérdida de otro que la acompañaba («de la lengua que tantas veces ha tocado esa otra lengua, de las puntas de los dedos que recorrieron ese otro cuerpo, de cada poro de su piel que antes recibía esa otra piel»), un grito de una soledad angustiosa, recién recibida, que parece que nunca vaya a apaciguarse. Un cuento que contagia la carencia reciente y espantosa que se siente en el estómago, en la cabeza, en las palmas de las manos… de una persona amada, y que es irrevocable.
    El cuento de Fanshawe es la soledad que vuelve, día tras día, sin saber ya quién falta, si hubo alguien más en algún momento; una soledad triste y que pesa, que avergüenza, que se combate a gritos. Ruido para no morir sola; ruido para reflejar en los otros cualquier historia, para hacerse monstruo antes que mártir; para no oír el silencio; para que no lleguen, terribles, las lágrimas y la autocompasión; para que no la alcance la mano oscura y pegajosa de la tristeza infinita de saber que da igual que se levante o no; para cerrarle las puertas al suicidio y poder esperar, sin darle vueltas, a la muerte.
    Ambos son estupendos. (¿Queréis matarnos de pena? Pues seguid así y lo conseguiréis. )
    Un beso.

  7. Cicloescenico Says:

    Precisoso, desesperante, es como si una imagen viniera a la mente y no se va tan facilmente…
    saludos.

  8. lunática Says:

    Transmite la angustia que parece que se clava en el pecho…