Ella no existía antes de que yo la conociera, pensó. ¿Estaban mejor así? No existía, y por una razón muy simple: él no sabía de su existencia. Era poco más que una figura borrosa, un pedacito de niebla. Una nadie bajita y rubia que ahora, sin embargo, no podía quitarse de la cabeza.
Mientras le daba vueltas a todo esto se olvidó del sándwich que se estaba preparando para cenar, y éste se fue desvaneciendo poco a poco. Primero el pan, luego la mayonesa, el atún, y por último el plato. Como si nunca, nunca jamás, hubiesen estado allí.

