No me gustan los aeropuertos en hora punta. Estoy seguro de que en medio de tal amalgama de gente hay, como mínimo, un policía corrupto, un suicida, un marido cornudo, un claustrofóbico, una bailarina, una pareja de prometidos a punto de casarse, un matrimonio a punto de divorciarse, alguien que va a morir mañana, un cantante famoso, una persona muy triste, un terrorista, un adolescente fugado, un asmático, una mujer maltratada, un escritor, alguien que esconde un arma, un futbolista, un funcionario, un violador, un hombre que no tiene amigos, un niño huérfano, un maníaco, una chica de la que podría enamorarme, un político, una actriz norteamericana, un asesino y alguien que se parece mucho a mí.

Mirarlos a la cara, uno a uno, y no saber quién es quién es lo que me pone nervioso.

Sueña la Bruja del Este que es un ama de casa con los rulos siempre puestos y una receta estupenda de buñuelos de viento.

Sueña el Príncipe Azul que es un funcionario público detrás de una ventanilla que pone sellos de hasta tres colores distintos.

Sueña el Hada Madrina que es maestra de escuela en un pueblo pequeño y amante discreta de un hombre casado.

Sueña el Viejo Dragón, en su cueva, con la partida de dominó de los sábados a ritmo de chatos de vino y aceitunas sin hueso.

Cada mañana, todos despiertan con la triste conciencia de quien se sabe preso y sin salida en un mundo de fantasía.

Los zapatos de Ígor Bóvarich siguieron caminando muchos años más antes de darse cuenta de que su dueño, cansado ya de tanto viaje, se había instalado por fin en un pueblo pequeño del Norte de Nebraska. Todavía se rasca la cabeza preguntándose qué habrá sido de ellos.

Cuentos Mínimos en Libro de Notas.

Y no, el título de este post no es una obviedad: es el nombre de la nueva columna mensual de cuentitos que publicaré en Libro de Notas los días 15 de cada mes. Que me hayan propuesto colaborar allí me parece todo un honor, así que espero estar a la altura de las expectativas. No hace falta decir que están todos invitados a la cita.

La razón de ser de esta bitácora, por otro lado, es la de convertirse con el tiempo en un compendio de mi trabajo. Por ese motivo todos los cuentos que aparezcan en Libro de Notas me los traeré también aquí de forma sistemática a partir del día siguiente de su publicación. Así cada uno podrá ponerme a caldo en el sitio que más le convenga.

Por último, los agradecimientos: la ilustración de la cabecera es una acuarela original de mi hermana pequeña (o Hermana Mínima, como ustedes quieran… en breve les hablaré un poco más de ella porque está a punto de estrenar web), y el texto de presentación y, en el fondo, la culpa de todo esto, no es de otro que de Fanshawe en persona. Gracias a ambos de todo corazón.

He entrado hoy a media mañana en una librería a la que voy a menudo. Cinco minutos después de mí llegó un señor árabe bajito, orondo y con bigote, rodeado por tres hombres árabes más altos, más delgados y más jóvenes, pero con bigote también.

El señor se sentó en una escalera a modo de taburete improvisado, y empezó a chapurrear lo que quería medio en inglés medio en español. Sus asistentes seguían al librero tienda arriba, tienda abajo, e iban apilando todo lo que éste les tendía sin mirar siquiera el precio. Cada uno salió de allí cargando una caja sobre su hombro que debía pesar un quintal. Se alojaban en el hotel Alfonso XIII, uno de los más lujosos de sevilla. Creo que se ha gastado unos 700 euros en libros en apenas unos veinte minutos. No quiso el cambio.

Ni que decir tiene que no me cupo la menor duda: se trataba del mismísmo archimillonario fabricante de alfombras Mohammed Abdul Haj-Saleh en persona. Lo que no tengo tan claro es si él sabía quién era yo y qué papel he jugado en su vida…

Acababa de narcer, lo cual, y dadas las circunstancias, no le hacía ninguna gracia. Por la noche, mientras todos dormína, trepó desde la cuna y volvió a meterse en la barriga de la que había salido.

Todo fue marcha atrás durante una temporada. Transcurridos nueve meses, su padre le dijo a su madre: «Tomamos la última copa en mi casa?» Y esta vez, ella le contestó: «No, gracias». Nunca le había gustado aquel tipo.

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El cirujano André Paddington era conducido a comisaría para ser interrogado por la desaparición de la señorita Eva Franagan. “Impresionante”, aplaudían con sincera admiración sus más directos competidores. Se rumoreaba que la paciente se había esfumado en plena mesa de operaciones. El doctor había conseguido quitarle más años de los que en realidad tenía.

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El gigante se escondió, muy quieto, detrás del molino.

Queridos Adela y Cristóbal:

Sucedió el jueves pasado. Entré en casa y la pared del salón no estaba. Mi nuevo vecino en su sillón, contemplando las noticias en mi televisor.

– He pensado que si vamos a vivir juntos, deberíamos casarnos. Por el “qué dirán”.

Así, de repente, no encontré ninguna razón para oponerme. La boda se celebrará el próximo domingo. Iglesia de San Lorenzo. Pamela imprescindible, dada la época del año.

Un abrazo,
Julia.

Toda vez que, por necesidades económicas, Mastropiero se vio obligado a componer música «a pedido», o por encargo, produjo obras mediocres e inexpresivas. Por el contrario, cuando sólo obedeció a su inspiración, jamás escribió una nota.

(Les Luthiers)