No sale de su garganta. Viene de sus párpados, de sus oídos, de su pecho, de su barriga, de la lengua que tantas veces ha tocado esa otra lengua, de las puntas de los dedos que recorrieron ese otro cuerpo, de cada poro de su piel que antes recibía esa otra piel.
La mujer de mi cuento sigue gritando. Grita y no sabe el qué, ni a quién. No hay nada ni nadie en el mundo que explique un grito así. Pero ella grita, grita sin parar, y lo único que sabe es que no puede dejar de hacerlo.
Que, quizá, nunca lo haga.
Nota: Esto es un pequeño homenaje a un precioso cuento de Fanshawe que podéis encontrar aquí, de ahí el subtítulo. No se lo pierdan, háganme el favor.
El alpinista, agotado por el esfuerzo, contempla el paisaje infinito desde lo más alto de la montaña. En un descuido imperdonable, su pie derecho resbala y comienza a caer hacia abajo sin control. Todo ha sucedido demasiado deprisa para que los demás puedan ayudarlo. Mientras cae, se pone triste, muy triste. No por lo que está a punto de sucederle, sino por todas las personas que deja atrás, y por todas las cosas pendientes para las que aún no ha tenido tiempo. Piensa en Pamela, su mujer; en sus amigos; en Kathy, su primera novia. Y, justo al final, se acuerda del olor a leña del patio de sus abuelos, y ve a su madre que se acerca para ofrecerle un bizcocho recién hecho, y a su padre que lo sostiene con brazos firmes para bajarlo de sus hombros, porque ya está bien de juegos que es la hora de merendar.
El gran artista Nicolai Petrovski se echó a llorar como un niño al comprobar que el cuadro que acababa de pintar era una falsificación. Y bastante torpe, por cierto. Hasta un ciego se daría cuenta de que aquello no era un auténtico Petrovski.
Mire usted, aquí se lo traigo bien embaladito y con su envoltorio original. No niego que la mayoría de las cosas salen bien. La cómoda, el perchero, el armario, la ventana… Pero tiene que haber algo malo en este espejo. No puedo ser tan feo.
A él debió parecerle muy divertido eso de venir disfrazado de tirolesa el día de nuestra boda, aunque a mí no me hizo ninguna gracia. Lo perdoné porque éramos jóvenes, alocados y nos queríamos mucho. Ahora le escondo la dentadura postiza todos los fines de semana y las fiestas de guardar. Qué le voy a hacer, rencorosilla que es una.
Todo autor de microrrelatos tiene algún “metacuento”, es decir, uno que habla de escritores escribiendo, o de cuentos que dejan de serlo, o de Literatura con mayúscula. Con guiños chispeantes (permítanme remarcarles mi ironía) que sólo otros como ellos serán capaces de captar, y que dejarán absolutamente indiferente al resto de los lectores. En resumen, cuentos pedantes dirigidos a una minoría pedante.
Como hay muchos de estos cuentos, y (reconozcámoslo) el tema tampoco da para tanto, van perdiendo originalidad a medida que se reescriben. Por lo general carecen de interés, de acción y de un final sorpresivo más allá del escritor que se escribe a sí mismo. Plas, plas, plas (esta vez habrán notado por sí solos lo forzado de mi aplauso).
Todo esto es lo que yo le digo, entre patadas, al que escribe los cuentos por mí. Le dejo muy claro que si no quiere que vuelva a orinarme en su comida o a tener que alimentarse de cucarachas durante otra semana, este texto tiene que ser mucho mejor que los de los demás. Él me asegura que hará todo lo que pueda y, mientras, piensa para sí que ésta es su oportunidad para pedir ayuda (sabe que me he vuelto tan descuidada que hace tiempo que ni siquiera leo lo que me da para publicar). Luego salgo de allí ligeramente contrariada, como siempre, por la pestilencia de la mazmorra asquerosa en la que vive.
Que no me aceptan en el equipo de baloncesto, dicen, porque soy un árbol.
No acabo de comprenderlo. Tengo buena puntería, siempre juego limpio, soy el que corre más rápido y el que salta más alto.
¿Qué tiene de malo si, además, doy unas cerezas riquísimas?
Me abandoné en la gasolinera, cuando andaba distraído comprando un helado. Al principio creí que se trataba de una broma, pero lo cierto es que no tengo la más mínima intención de volver a por mí. Me pregunto cómo reaccionaré cuando lo comprenda, y mientras tanto sigo aquí, sentado, disfrutando del sol y de mi helado.
Toman café como si acabaran de conocerse. Intercambian memorias y cumplidos. Ella se prueba un vestido atrevido. Él le regala algo totalmente superfluo. Compran todo aquello que no se pueden permitir. Pasean de la mano. Espían en los probadores. Comparten un helado. Hacen el amor en el lavabo de señoras y luego entran en el cine.
Justo antes de cerrar, devuelven todas las extravagancias que han comprado y se van a casa con las manos vacías y la cabeza llena de recuerdos.
De noche, fingen que no son más que un matrimonio aburrido. Él con su periódico, ella con su libro. Buenas noches, cariño. Buenas noches. Clic. A oscuras, ambos cuentan en silencio las horas que faltan para volver a encontrarse en una cafetería cualquiera de algún centro comercial.
Hoy me toca devolver la presentación y el homenaje (mínimo), que espero que a estas horas ya no se esté esperando. El señor Alberto Haj-Saleh, también conocido como Fanshawe por estos lares, estrena hoy columna en Libro de Notas.
Entre sus muchas peculiaridades citaría, quizá, el hecho de que nunca estoy del todo segura de cómo se deletrean ninguno de sus nombres (bueno, ‘Alberto’, sí), la capacidad que tiene, cuando quiere, de ponernos a todos los vellos de punta con lo que escribe y que es el CULPABLE de que yo empezara a escribir microrrelatos. Todo por un extraño cuento de australianos desnudos.
Teatro abandonado es microteatro con un antes y un después desaparecidos. Hoy se estrena con Intervalos regulares.
Qué hacéis leyendo aquí todavía.

