Tiene los ojos tristes de su madre, la nariz griega de su padre, el mentón altivo de su abuela materna y las orejas pequeñas de un primo lejano del que nunca llegó a fiarse demasiado. Lo guarda todo en un cajoncito del salón, porque le gusta tenerlo siempre a mano cuando vienen las visitas y que ellos mismos puedan comprobar el asombroso parecido.

Sale al escenario un señor pusilánime y bajito con un carrete de hilo blanco entre las manos. Con extrema lentitud va cortando pedacitos que se ata con cuidado a los tobillos, a las muñecas, a las rodillas, a los codos, y finalmente a la nuca. Sale su esposa, que le riñe por no sacar la basura, por no pasear al perro, y por no fijarse en su peinado nuevo. Salen sus hijos, que se marchan con la paga de dos semanas y el permiso para volver a casa más tarde de las once. Sale su jefe, que le pide dos copias extra de los últimos informes. Sale su mejor amigo, que ha vuelto a olvidarse la cartera para pagar la última ronda. Y como número final –¡tachán!- sale su amante con una bobina de hilo rojo para convencerlo de que se olvide de su mujer, de sus hijos, de su jefe y de su amigo, porque sólo ella sabe lo que de verdad de verdad de verdad le conviene.

Está cansado de que pasen por delante sin mirarlo siquiera, así que abre una maleta inmensa y guarda en ella la guitarra, la lona sobre la que se sentaba, el banquito, la farola, la acera, las papeleras, un buzón, un par de niños que jugaban cerca, un puestecito de helados, una tienda de reparaciones, un perro callejero y una peluquería de señoras.

El otro hombre, que hace unos segundos se disponía a cruzar el semáforo con total tranquilidad, se encuentra de repente sumergido en una especie de niebla gris, con la mano a medio camino de una moneda en su bolsillo para la que, sospecha, ya es demasiado tarde.

Has cogido la cartera, la has encontrado y te la has metido en el bolsillo. No disimules, a mí no puedes engañarme. Busca un rincón apartado, y aprovecha para explorar su interior. Un tipo con pasta, ¿eh? Cógela, tendrá más. Mejor quédate con la cartera entera, es de piel, tira la tuya. Mira qué traje, te sentaría como un guante. Esa debe ser su mujer, no me negarás que es mucho más guapa que la tuya. Y sin hijos, no hay fotos de niños. Mejor. ¿Por qué no vas a su casa y te lo pruebas todo? Reconoce que tu vida es una basura. Tienes razón en que no os parecéis demasiado, pero espabila, cambia de peinado. Sé espontáneo por una maldita vez.

Llevaba una vida ejemplar, pero al cumplir los cincuenta se presentó en la comisaría y dijo: “Señor guardia, arrésteme, por favor. Sin preguntas.”

Durante los treinta años siguientes permaneció en silencio absoluto, en una celda pequeñita pero bien ventilada.

La noche de su octogésimo cumpleaños se levantó y llamó al carcelero. “Ya puede dejarme ir. Gracias por todo.”

Al día siguiente atracó cuatro bancos y un furgón blindado. Sabía que su corazón no aguantaría tantas emociones, pero murió contento. Joaquín Vélez siempre pagaba por adelantado.

Leer la entrada completa »

Siempre hay algún chaval vigilando desde el tejado más alto, para avisar si se acerca algún coche de fuera. No es algo que suceda muy a menudo, pero no quieren que nadie sospeche nada. Cuando dan la voz de alarma, todos los hombres abandonan rápidamente sus quehaceres en la cocina y agarran una manguera, un cortacésped, un martillo. Las mujeres esconden las cervezas, las fichas de dominó, el diario deportivo. Entran en sus casas y en un santiamén ponen una lavadora, sacan una aguja de ganchillo, una revista del corazón. Son minutos incómodos para todos, que suspiran inquietos por volver a la normalidad. Pero es el único modo de asegurarse de que los dejan en paz.

Estaba tan convencida de que tarde o temprano la iba a engañar que decidió no casarse con él, no acudir a la cita, no comprarse ese vestido, no entrar a trabajar en aquella oficina, no estudiar en la Universidad, no alternar con esos chicos del instituto, no pasar los veranos con sus abuelos, no llegar a nacer siquiera.

Tiene una biblioteca infinita repleta de libros vacíos con páginas en blanco (sólo un título, un par de párrafos en la contraportada). Apremiado por una insaciable sed de conocimiento, dice que no le da tiempo de otra cosa, que es la única manera de leer todos los libros del mundo. Se ha dado cuenta de que, pasados algunos años, es capaz de recordarlos vagamente (apenas un título, un par de párrafos de la contraportada), y es entonces cuando gracias a su mala memoria se convence a sí mismo de que los ha leído de verdad.

El hijo del archimillonario fabricante de alfombras Mohammed Abdul Haj-Salej no quería dejar la casa en la que se había criado para ir a estudiar a un país extranjero, tal y como estaba planeado. Piedra por piedra, casa por casa, y habitante por habitante del condado de Berkshire fueron trasladados al sur de Siria, muy cerca de Damasco. La única persona que no se dejó engatusar por el dinero de Abdul fue la señorita Idgie W. McGregor, a quien las comidas “exóticas”, según sus propias palabras, no sentaban nada bien.

A la luz oscilante de un pequeño sótano, intenta recomponer los pedazos de su corazón con una barrita de pegamento. No es una tarea fácil, pero está acostumbrado, ya lo ha logrado otras veces. Pasado un rato se da por vencido: era una chica tremenda, el daño es irreparable. Con resignación, los amontona lo mejor que puede y se marcha de allí. Mañana mismo irá a la clínica, a exigir que se lo cambien por otro nuevo.