Ambos jugadores poseen una capacidad asombrosa para calcular combinaciones y adivinar lo que hará el contrario con muchísima antelación. Las piezas ocupan aún su posición de salida, pero la partida ha comenzado hace rato. El maestro mira directamente a los ojos del alumno y lo ve con total claridad: mate en catorce movimientos, no hay nada que pueda hacer. Sin mediar una sola palabra, agarra a su rey y lo postra sobre el tablero ante su rival, aceptando su derrota con la dignidad de la que sólo son capaces los ancianos y los sabios.
-¿Ha estado en la cárcel?
-No.
Clac, clac. Clac.
-¿Maltrata a su mujer?
-A veces.
Clac.
-¿Ha violado a algún niño?
-Sí, hace poco.
Clac. Clac.
-¿Bebe?
-Sí.
-Ya lo tengo… ¡Es Peter!
El maldito vaso está completamente vacío, pero él se empeña en verlo medio lleno. Soy un oso de peluche de treinta y dos años vestido con un estúpido traje de bailarina. Bebe, me dice, bebe un poco más de té, ¿unas galletitas? Y yo le sigo la corriente, qué remedio. ¿Qué otra cosa podría hacer, sentado en esta mesa diminuta con este ridículo disfraz?
Hay un hombre que no conozco sentado en el sofá de mi salón. Ahora que lo pienso mejor me parece que siempre ha estado allí, aunque yo no me haya dado cuenta hasta hace unos días, cuando llegué del trabajo. Pero no es un fantasma ni nada parecido, sino un hombre mayor, bajito y un poco calvo.
Ayer eché un vistazo a los álbumes familiares y vi que salía en las fotografías de todos nuestros cumpleaños. Entonces era un poco más joven y más delgado, y siempre estaba en el mismo sitio, quieto, sin hacer nada. A lo mejor por eso no lo vi antes, porque en casa éramos todos muy ruidosos. He intentado averiguar quién es, o qué quiere, y no hay manera de hacerle hablar.
Hoy, a la hora del almuerzo, pensé que tendría hambre y le llevé un plato de sopa recién hecha. Mientras él se la tomaba en silencio, me puse a pensar en lo sola y en lo triste que me siento yo a veces en este piso tan grande. Quizá esto lo cambie todo. Todavía se me hace un poco raro, pero creo que no me va a importar demasiado que se quede y me haga un poco de compañía.
El séptimo día se echó a dormir a la sombra de un membrillo. Hubo lluvias, guerras, plagas, epidemias y, sobre todo, muertos, muchos muertos. Pero él no se enteraba de nada.
Se despertó miles de años después en medio de un inmenso desierto de arena, cuando ya no quedaba casi nada que salvar.
Primero se llevaron las fábricas, dado lo barato de la mano de obra. Acto seguido, las grandes compañías abrieron oficinas y reemplazaron a la mitad de su personal por otro que le costaba la mitad. El gasto en viajes, comunicación y mensajería que esto provocó hizo que despidieran al resto y acabaran por trasladarse del todo. A partir de ahí, las cosas se precipitaron. La nueva clase trabajadora de estos países necesitaba transporte, alimentos, tecnología. Para allá se fueron las pequeñas empresas, los ingenieros, los informáticos, los supermercados, los cines, las papelerías, los hoteles, los restaurantes. No quedó casi nadie.
Ahora se rumorea que están planeando abrir una planta de producción al sur de Manchester. Hay un puñado de ingleses dispuestos a trabajar por cuatro duros.
Llevaban muchos siglos ya utilizando ascensores, escaleras mecánicas, aceras móviles, vehículos a motor, aparatos de gimnasia pasiva y andadores autopropulsados. Aún así todos se sorprendieron el día en que empezaron a nacer los primeros niños sin piernas.
El chef más prestigioso de la ciudad lo invitó a su restaurante como reclamo publicitario: nadie salía con hambre de su establecimiento.Cuando acabó con todos los entrantes, los primeros platos, los segundos y los postres que le habían sido servidos, le abrieron de par en par las puerta de la despensa, de la que salió pidiendo más.
El propio dueño retiró los platos ya empezados de los demás clientes sin atender a quejas, y se los ofreció para ganar algo de tiempo. Estaba claro que no había otra alternativa. Respiró hondo y corrió las cortinas. Luego agarró a una muchacha rubia y, tímidamente, la empujó hacia él.
El hombre siguió comiendo, como si tal cosa, hasta que no quedó ni un solo camarero.
Ella lleva siempre consigo esa lista en la que va anotando todas las cosas malas que tú le has hecho, y también todas las cosas buenas que, a pesar de todo, te ha hecho ella a ti. Cuando habla, cuando discutís, siempre lo hace con la lista en la mano, y tú siempre terminas dándole la razón. A veces eso no te hace sentir bien del todo, y entonces decides ser amable, portarte bien con ella durante un tiempo. Crees que así conseguirás reducir un poco esa lista infinita que te ha tocado llevar sobre tu alma. Y ella la saca, y hace como que cambia algo, pero en realidad sólo ha borrado una a y puede que un par de eles.
Restos de una pizza congelada (jamón y pepperoni). Bolsas de patatas fritas vacías. Cuatro latas de cerveza. Platos de plástico, servilletas de papel arrugadas. Un cenicero repleto de colillas y dos paquetes de tabaco de marcas distintas. Todo ello encima de una mesa de pino viejo cubierta por un mantelito de croché.

