La baronesa de Ferdinand, viuda rica y excéntrica, acostumbraba a viajar precedida de una larguísima comitiva de mozos, lacayos, porteadores, doncellas, sirvientes, bufones, mayordomos, peluqueros, guardaespaldas y algún que otro amante. A la cabeza de tan extraordinario desfile situaba siempre a su mensajero más elegante, con una breve nota que decía: “Llego mañana”.
Háblenos de sus proyectos, señor Liebman, díganos sobre qué está investigando ahora en su laboratorio. ¿Para qué sirven todos esos tubitos? ¿Y esa máquina de ahí? ¿Ha descubierto alguna vacuna nueva últimamente? Oh, no trate de engañarnos, señor Liebman, no sea usted tan modesto. Cuéntenos sus miedos, sus pasiones, sus manías, sus aficiones. ¿Le gusta disfrutar de los placeres sencillos de la naturaleza? ¿Entiende de caza? ¿Cuánto ha pagado por la alfombra persa del saloncito? ¿Para cuándo una señora Liebman? No sea tímido, no querrá que nos creamos que sólo hay ciencia en su vida, ¿verdad? Todo, señor Liebman, nuestras lectoras quieren saberlo todo sobre usted.
Como no quiere que se le olvide nada, ni lo bueno ni lo malo, apunta en un cuadernito todas las cosas que le gustan de ella, y en otro, las que no. Usa trazos pequeños, muy juntos y muy prietos. Dice que así tardará toda la vida en rellenar cualquiera de las dos libretas, y que, de todos modos, ojalá le queden aún muchas cosas por saber cuando llegue a la última página. Así se resume, más o menos, su idea de la felicidad.
Ella no existía antes de que yo la conociera, pensó. ¿Estaban mejor así? No existía, y por una razón muy simple: él no sabía de su existencia. Era poco más que una figura borrosa, un pedacito de niebla. Una nadie bajita y rubia que ahora, sin embargo, no podía quitarse de la cabeza.
Mientras le daba vueltas a todo esto se olvidó del sándwich que se estaba preparando para cenar, y éste se fue desvaneciendo poco a poco. Primero el pan, luego la mayonesa, el atún, y por último el plato. Como si nunca, nunca jamás, hubiesen estado allí.
El brillo de una luz oscilante sobre la pared. Eusebio, de frente, nos mira con ojos cansados. No a nosotros, quiero decir, a la pantalla. A veces cambia de canal, a veces permanece un largo rato sin mover un solo músculo. Ningún programa parece llamar demasiado su atención, aunque no hace ademán de levantarse. Nos gusta Eusebio. Da vueltas en el sillón para encontrar una postura más cómoda. Tiene la boca seca. Se tomaría una cerveza, pero no le apetece nada ir a la cocina. Tampoco nosotros queremos que lo haga. Eructa, se rasca. No sabe que lo estamos observando.
¿Ve esa farola de ahí? Se fundió de pena la semana pasada porque ninguna pareja de amantes se paró a besarse junto a ella. ¿Y aquel buzón? Está enfadado porque ve pasar montones de cartas todos los días, pero nunca hay una para él. En este banco no se sienta nadie porque hay demasiado ruido. Nadie se toma la molestia de cruzar la calle para usar aquella papelera. Un poco más adelante hay una señal de stop que no se respeta, y una línea continua que se ha borrado ya de tanto pasar por encima. No es niebla lo que ve usted aquí, señor, es una calle que está muy triste.
Lo había intentado todo para hacerles ver que era un dragón vegetariano, pero ellos seguían entregándole una doncella virgen cada cinco años que, al menos, tenían el detalle de no sacrificar. Devolverlas sería desconsiderado tanto para con ellos como para con las propias chicas, que se habrían sentido rechazadas. De manera que cada noche se colocaba el delantal y, resignado, preparaba una ensalada para quince.
La cosa funcionaba más o menos así: las princesas se fugaban con sus amantes y dejaban que el dragón cargara con toda la culpa. Los príncipes lo sabían, pero usaban la excusa de la princesa encerrada para entrar en el castillo y buscar el tesoro. Finalmente, el dragón estaba encantado con el bulo de las princesas y del tesoro, porque así tenía siempre a mano un príncipe para merendar.
Por culpa de un lamentable error de encuadernación en el que nadie reparó a tiempo, miles de lectores pasaron la página y contemplaron, horrorizados, cómo la Bella Durmiente se convertía en rana justo después del apasionado beso del Príncipe Azul.
El crítico confundió el paragüero con una obra de arte, a la que tituló “Destino”. Lo sacaron de su error entre miradas de incomodidad, y acto seguido reparó en una percha que, según él, bien podría haberse llamado “Nostalgia”. De nuevo tuvieron que emplear todo su tacto en abrirle los ojos sin dejarlo en evidencia, aunque no sirvió de nada. Le pasó lo mismo con la lámpara, con una maceta, y también con el grifo del lavabo. Mostraba tal seguridad en lo que decía que los demás empezaron a dudar de sí mismos, y pronto se encontraron dándole la razón. Es cierto que el pintor no logró vender un solo cuadro, pero nadie lo escuchó quejarse cuando recibió aquella indecente suma de dinero a cambio de un radiador y un par de ceniceros.

